El día que Antonio Yorke y Ana Anguita Shivers coincidieron en la cola del Mercadona ocurrió algo inexplicable, mágico. Antonio, conocido activista vegano, señalando a un pollo que se escurría entre botes de pepinillos agridulces del carro de Ana, le espetó, con cierto acento wellingboroughniano, “¿Que nombre le ponemos a ésto?”. Y ella, brillante, no tuvo más que cantarle la fanfarria que seréis capaces de adivinar. Sí, esa.

Desde entonces el chiquitillo de Antonio se muestra más relajado y afable. Aún más, sigue sin comer pollo, pero en alguna ocasión ha sido sorprendido chupeteando un muslito. Y, según la vieja del visillo, esa hermosa vocecilla achaparrada ha cautivado el corazón plastificado de Antonio. He aquí la prueba que lo atestigua.

 

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